LAURA

País de origen Sierra Leona
Año de nacimiento 1986
Problemática Homofobia
Situación actual Refugiado

Laura nació en Honduras en el año 1989. Como parte de su formación como doctora, en el año 2015 –su octavo curso universitario– se traslada a San Pedro Sula, la segunda ciudad más poblada del país, para realizar sus prácticas en un centro médico. Allí se enfrenta a la crudeza del mundo real, dado que una de sus labores diarias consistía en entrevistar –para ofrecer guía y asesorar– a jóvenes de entre once y trece años que habían quedado embarazadas. La experiencia la marca de tal manera que empieza a ejercer en paralelo como voluntaria en una ONG que lucha contra la violencia de género y el abuso sexual.

En el año 2016, ya graduada oficialmente y casada con su marido Fernando, comienza a compaginar su trabajo como doctora con el impartir charlas orientativas a grupos de adolescentes. Uno de los jóvenes que tiene como alumno, perteneciente a la “Mara 18”, hace suyas las enseñanzas y toma la decisión de cambiar y comenzar una nueva vida alejado de la pandilla. En diciembre del mismo año, y tras varios meses de amenazas, finalmente la mara acaba asesinándolo por “traicionarles y querer salirse”.

“No sienten miedo. Son intocables."


LAS "MARAS"

“Mara” es el nombre que reciben las pandillas juveniles, organizadas y de conducta violenta, de origen hispanoamericano. La mayoría de sus integrantes cometen todo tipo de delitos, siendo la extorsión la base de su economía criminal (recaudando en Honduras unos 200 millones de dólares al año). Las maras son un fenómeno criminológico transnacional, puesto que aunque se estiman unos 30.000 pandilleros sólo en Honduras, éstas tienen células en otros países tales como México, Guatemala, El Salvador o Estados Unidos.

Precisamente en territorio estadounidense fue donde nacieron estas organizaciones, al principio como simples bandas callejeras. Jóvenes que se agrupaban y encontraban en la pandilla una identidad común que los hacía más fuertes, y les permitía abstraerse de las diversas problemáticas socio-económicas que los asolaban a ellos y a sus familias: marginación social, escasa educación, falta de oportunidades laborales, etc. A principios de la década de los 90, cuando los miembros de estos grupos eran arrestados en los EEUU, se les deportaba en masa a diferentes países de América Central. Esa práctica aún se lleva a cabo en nuestros días, y lo que se ha generado es una situación insostenible. Los países receptores no han sabido gestionar el incremento de poder y presencia de las maras, y con ellas la escalada de violencia.

En uno de sus últimos informes anuales, Amnistía Internacional definía el “Triangulo Norte” (bloque conformado por Honduras, Guatemala y El Salvador) como: “uno de los lugares más peligrosos del mundo, donde se mata a más personas que en la mayoría de zonas de conflicto del planeta.”


Afectados por las noticias, en su ONG se plantean comenzar el 2017 impartiendo talleres sobre el funcionamiento de estas pandillas, con la voluntad de alertar a los jóvenes hondureños sobre los peligros que supone vincularse con las maras. Durante todo el año reciben muy buena aceptación e implicación de la comunidad local, obteniendo resultados ciertamente favorables. Sin embargo, y precisamente por el buen hacer de Laura y sus compañeros, en noviembre del mismo año la sede de la asociación sufre el ataque de las maras. Dos hombres armados con pistolas irrumpen en la oficina, amenazándoles y dándoles un ultimátum: cesar su actividad y cerrar antes de 24 horas, sin avisar a la policía, pues estaban siendo vigilados. Presas del miedo, obedecieron sin rechistar, pensando que así todo habría acabado. Pocos días después, Laura estaba paseando con su marido por el parque cuando un grupo de adolescentes la reconocieron y comenzaron a increparles. Harta de la situación, y desconfiando de la policía, acudió a denunciar los hechos a la Fiscalía, quien le aseguró que había obrado bien y que la protegerían.

Semanas después, al salir del trabajo se le acercó un niño de unos diez años y le entregó un papel arrugado. Al abrirlo pudo reconocer que se trataba de una de las recetas médicas que ella misma expedía a sus pacientes. En la misma había pintado un gran número 18 acompañado de graves amenazas: “Ahora sabemos donde trabajas, te hemos encontrado. Los doctores cobráis demasiado dinero, por lo que cada jueves nos pagarás, o te mataremos.” De nuevo el temor la hizo ceder y pagó en dos ocasiones, hasta que no pudo aguantar más y huyó con su marido hacia Villanueva. Estaba paranoica. "Sospechaba de todo el mundo, me sentía vigilada." 

Al cabo de una semana viviendo allí, recibió un SMS desde un número de teléfono perfectamente visible. En él se aseguraba que como había huido no les quedaba otro remedio que encontrarla, y que cuando lo hiciesen la violarían y descuartizarían. Sintiendo que aquello podía ser el final, Laura y Fernando cogieron un vuelo con destino a España.

"Les da igual dejarse ver o actuar en público, no sienten miedo, son intocables." 

Llegaron a Barcelona en Enero de 2018, muy alterados y desubicados, y sin tener nada claro el procedimiento a seguir para demandar protección internacional. Finalmente consiguen cita en la OAR para junio, y hasta entonces tratan de sobrevivir gracias al portal “Workaway”, donde a cambio de su trabajo –paseando perros, cuidando ancianos, etc.– les pagaban con comida y alojamiento. Todo su estrés e inestabilidad desaparecen cuando el veintitrés de abril (fecha que recuerdan perfectamente) consiguen una plaza en ACCEM, una de las muchas organizaciones de este país que trabajan para mejorar la calidad de vida de las personas refugiadas. Desde entonces se les ayuda proporcionándoles una vivienda, talleres y clases de idioma, apoyo psicológico, etc.En verano su solicitud fue aceptada a trámite, y recientemente realizaron la primera renovación de la tarjeta roja, por lo que ahora tienen permitido trabajar en nuestro país. Como muchos otros, anhelan convalidar sus estudios y poder retomar sus respectivas vocaciones: doctora ella, y docente él. Aún es pronto para hacer conjeturas, pero este podría ser un caso en el que –incluso si la resolución de él acaba siendo desfavorable- el derecho de asilo o de protección subsidiaria podría extenderse y concederse al cónyuge, tal y como prevé nuestra legislación, con la intención de mantener y proteger la unidad familiar de las personas refugiadas.

“Para ellos nunca hay final. Comprendía que aquello nunca terminaría."

Alain

Andrii

Maritza

Amina

Yaasir

Lambert

Mahmoud

Enhamed

George

Laura

EQUIPO BARCELONA

Este proyecto documental ha sido posible gracias al esfuerzo de un equipo multidisciplinar integrado por:

Javier Corso

Coordinador / Fotógrafo

Alex Rodal

Editor Jefe / Investigador

Laura Van Severen

Diseñadora